De la Piedra de Rosetta a la inteligencia artificial: la historia de la industria de la traducción
Cada 30 de septiembre, el mundo celebra el Día Internacional de la Traducción en honor a san Jerónimo, el traductor de la Biblia al latín. Aprovechamos la fecha para repasar cómo un oficio que empezó grabado en piedra se ha convertido en un sector que, según la consultora Nimdzi, movió unos 72.600 millones de dólares en 2025.

Piedras, papiros y escrituras sagradas
Uno de los documentos de traducción más famosos de la historia pesa más de 700 kilos. La Piedra de Rosetta recoge un decreto del año 196 a. C. dedicado al faraón Ptolomeo V, escrito tres veces: en jeroglíficos, en demótico y en griego antiguo. Hallada por soldados franceses en 1799, permitió que Jean-François Champollion descifrara los jeroglíficos en 1822, precisamente porque el mismo texto aparecía traducido.

Más o menos por la misma época, en Alejandría, se trabajaba en la Septuaginta, la traducción al griego de la Biblia hebrea. Siglos después, en el año 382, el papa Dámaso encargó a Jerónimo de Estridón una nueva versión latina de las Escrituras: la Vulgata, que se utilizaría durante más de mil años. Jerónimo murió un 30 de septiembre del año 420, y por eso esa fecha es hoy el día de los traductores.
Bagdad y Toledo: traducir para no perder el conocimiento
En el siglo IX, la Casa de la Sabiduría de Bagdad reunió a traductores que vertieron al árabe obras griegas de filosofía, medicina y astronomía, de Aristóteles a Galeno. Entre ellos destacó Hunayn ibn Ishaq, uno de los traductores más prolíficos de su tiempo.

Aquel saber regresó a Europa en buena parte a través de España. En la llamada Escuela de Traductores de Toledo, durante los siglos XII y XIII, sabios cristianos, judíos y musulmanes traducían textos del árabe al latín y, bajo el rey Alfonso X el Sabio, también al castellano, lo que ayudó a convertirlo en lengua de ciencia.
La imprenta convierte la traducción en negocio
La imprenta de Gutenberg, a mediados del siglo XV, cambió las reglas: una traducción ya no se copiaba a mano, sino que se imprimía por miles. En septiembre de 1522, Martín Lutero publicó su Nuevo Testamento en alemán, y en 1526 William Tyndale imprimió el suyo en inglés. Traducir pasó a ser también una cuestión de mercado, de lectores y, a veces, de riesgo: Tyndale fue ejecutado en 1536.

Núremberg y el nacimiento de la profesión moderna
En los juicios de Núremberg (1945–1946) se utilizó por primera vez a gran escala la interpretación simultánea: acusados, jueces y abogados seguían las sesiones con auriculares en inglés, francés, alemán y ruso, gracias a un equipo de IBM. El modelo sigue vivo hoy en la ONU y en la Unión Europea.

En 1953 nació en París la Federación Internacional de Traductores (FIT), que empezó a promover el 30 de septiembre como el día de la profesión. En 2017, la Asamblea General de la ONU lo reconoció oficialmente como Día Internacional de la Traducción.
De las tarjetas perforadas a las redes neuronales
En enero de 1954, el experimento Georgetown-IBM tradujo automáticamente más de sesenta frases del ruso al inglés, y sus promotores anunciaron que la traducción automática estaría resuelta en pocos años. Hicieron falta décadas: Google Translate llegó en 2006 y dio el salto a las redes neuronales en 2016. Hoy, la inteligencia artificial generativa está transformando de nuevo el sector.
Según el informe Nimdzi 100 de 2026, la industria de servicios lingüísticos alcanzó unos 72.600 millones de dólares en 2025 y se prevé que llegue a 73.400 millones en 2026, con un crecimiento más lento que en años anteriores por el impacto de la IA.
Más de dos mil años después de la Piedra de Rosetta, la pregunta sigue siendo la misma: ¿quién garantiza que el mensaje llegue intacto? Las máquinas traducen cada vez más rápido, pero en un contrato, un documento oficial o una web que tiene que vender, la última palabra la sigue teniendo un traductor nativo. ¡Feliz Día Internacional de la Traducción!
