Europa le tiene miedo a Rusia. Así ha decidido demostrarlo: con un comunicado, una reunión y un consulado cerrado.
Un dron ruso interrumpe un aeropuerto alemán. Bruselas promete una respuesta contundente. Meses después, lo más contundente que ha producido el continente es un protocolo que, técnicamente, cualquier país puede bloquear él solito.

Un dron en la pista, dos edificios cerrados
El 4 de agosto, un dron apareció en la zona de seguridad del aeropuerto de Leipzig/Halle, cerca de un avión de carga ucraniano. Poco después, un segundo dron colisionó con otra aeronave e impidió que aterrizara. El ministro del Interior alemán no tardó en señalar al responsable habitual: métodos «conocidos de otras operaciones híbridas» rusas, dijo, en ese tono diplomático que significa «sabemos perfectamente quién ha sido, pero vamos a decirlo con cuidado».
La respuesta llegó rápido, al menos sobre el papel: Alemania cerró el consulado ruso en Bonn y la Casa Rusa en Berlín. Es decir, ante un dron que puso en peligro un avión con gente dentro, la medida más visible fue cerrar dos edificios donde antes se organizaban charlas culturales y trámites de visado. Rusia, presumiblemente, sobrevivirá al golpe.
El protocolo que promete convocar una reunión, no impedir el próximo dron
El 16 de septiembre, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, presentó lo que llamó un «protocolo de seguridad de emergencia»: un mecanismo, inspirado en el artículo 4 de la OTAN, que permite a cualquier Estado miembro convocar a los otros 26 gobiernos para consultar y coordinar una respuesta cuando sufre un ciberataque, un dron o un sabotaje. «Europa necesita su propio consenso sobre cómo responder a ciertos incidentes», declaró. Nadie puede acusarla de no ser sincera sobre lo que, exactamente, se está ofreciendo: una reunión.
El propio protocolo no especifica si la respuesta que salga de esa reunión necesitará aprobación unánime — y en política exterior europea, casi todo la necesita. Como resumió un analista con más precisión de la que suele permitirse Bruselas: «Consultar no es actuar. Convocar no es responder». Que ese matiz haya tenido que explicarse en voz alta dice bastante.

El veto que ya lo explica todo
La misma semana en que se presentaba el flamante protocolo, Francia y Eslovaquia bloquearon la renovación rutinaria de las sanciones a Rusia — el mismo tipo de decisión que el nuevo mecanismo pretende agilizar — exigiendo retirar de la lista al empresario ruso Alisher Usmanov. Francia alegó motivos de «seguridad nacional» sin mayor detalle. El resultado fue una prórroga de siete días, en lugar de la renovación estándar de seis meses.
Así que, en resumen: mientras la Comisión estrenaba un protocolo para responder mejor a Rusia, el mecanismo de siempre —el que ya existía, el que llevaba años funcionando— se atascaba por el nombre de una sola persona en una lista. Es difícil imaginar un ejemplo más nítido de por qué el nuevo protocolo hará falta convocarlo con frecuencia.
El miedo, medido en presupuestos
El resto de la historia se puede leer en los informes de gasto en defensa: subidas de presupuesto anunciadas con solemnidad, seguidas de análisis que señalan la misma brecha de siempre entre el dinero prometido y la capacidad real entregada. Eurodiputados llevan meses pidiendo una «respuesta unificada» ante las violaciones y la guerra híbrida rusa — una petición que, por definición, solo tiene sentido si esa respuesta unificada todavía no existe.
Nosotros nos dedicamos a traducir un idioma a otro para que la gente se entienda un poco más rápido. Esta noticia no necesitaba traducción: «estamos muy preocupados» se entiende igual en las 24 lenguas oficiales de la Unión. Lo que no hemos conseguido traducir todavía, en ningún idioma, es «preocupación» a «decisión que nadie pueda bloquear solo». Seguimos intentándolo. Sospechamos que Bruselas también.
